En el marco del Programa por una mejor calidad de vida Celia Marder, consultora de Observatorio Social brinda algunas reflexiones del trabajo con jóvenes y niños en el barrio.
¿Qué pasa en “El Alfarero” los sábados, que jóvenes y niños quieren volver?
¿Qué pasa en “El Alfarero” los sábados, que los adultos que trabajamos con ellos queremos volver, y nos entusiasmamos con ese contacto?
Algunas ideas para compartir; ninguna es novedosa, todas implican un trabajo que toma en cuenta el análisis de la complejidad y su articulación con la singularidad:

Escuchar
Actitud inclusiva y no inclusión por decreto
Recibir siempre con un beso y una sonrisa, haciendo sentir al otro que es una persona y que estamos disponibles.
En primer lugar partimos de una actitud inclusiva, no importa quién viene, cuántos son, cómo vienen, siempre hay un lugar… No importa si son niñ@s o jóvenes, a nadie se le dice que no. Ya ha habido demasiados “noes” para estos niños y jóvenes, han quedado fuera de muchos lugares…
Tenemos una convicción –sustentada ideológicamente- que se traduce en la práctica en una actitud de confianza en las posibilidades y potencialidades de los niños y de los jóvenes. Esta convicción, que tenemos como equipo, estimula los aprendizajes de los grupos, sus iniciativas, su participación y su compromiso.
Evidenciar la confianza que nosotros sentimos genuinamente en ellos y en sus potencialidades, intentar promover su propia autoconfianza.
Así, muy lentamente, comienzan a tolerar las frustraciones que provoca un dibujo que no sale como esperaban, letras que se resisten a ser transformadas en palabras, esperar a que un compañero termine para poder hablar… Pero no sólo esperar a que termine, sino escucharlo durante esa espera.
Emilia Ferreiro decía que “los niños no necesitan ser motivados para aprender, aprender es su oficio”.
La construcción de la autonomía versus la “colonización” de niños y jóvenes por parte de los adultos
Es -en entre otras causas- por encontrar esta confianza en ellos, que los niñ@s o jóvenes pueden aceptar los límites y las prohibiciones que los facilitadores les formulan.
Es interesante analizar cómo se convierte la autoridad del facilitador en una autoridad legitimada por el propio grupo.
Esto se produce, inicialmente, a partir del vínculo construido con ellos, en un contexto de reconocimiento mutuo y de reciprocidad. Todo límite así formulado no es vivido como de oposición y frustración de sus deseos, sino de protección y cuidado, ya que conocen su significado.
Esta modalidad de trabajo es la que en forma continua y en el largo plazo produce la posibilidad de discernir, elegir, y promueve la autonomía.

Imagino con palabras y escribo con imágenes
En un comienzo, cuando terminaba nuestro trabajo los sábados, las charlas caminando por Zepita que se continuaban en el colectivo 37, apuntaban a pensar la forma de plantear el encuadre de trabajo y sus límites para promover el desarrollo de los niñ@s y jóvenes en el grupo, que nos sorprendían encuentro a encuentro con su respeto y cuidado por el espacio; nunca hubo problemas de trasgresión a lo acordado.
Creemos que es el conocimiento del sentido del límite lo que permite una buena tolerancia frente a la frustración y lo que aumenta la confianza de ser cuidado por los adultos que lo formulan.
Pero primero lo primero, la construcción del vínculo
El filósofo Martín Buber decía que un buen maestro (en este caso facilitador…) “debe ser un hombre de existencia real, los alumnos deben sentir su presencia; educa por contacto”. El contacto es una palabra clave en educación.
También lo es el diálogo, entendiéndolo desde su etimología como el encuentro de dos lógicas. La escucha en ese diálogo es una escucha profunda que advierte matices, emociones, llamados silenciosos. A veces los niños y los jóvenes se ven inundados por sentimientos de desesperanza; encontrar a alguien que pueda escucharlos y sentir su empatía, les produce una sensación de profundo alivio.
Escuchar sin juzgar, sin anticipar, sin prejuzgar, sin diagnosticar, sin evaluar. Simplemente escuchar y esclarecer, escuchar y responder, escuchar y estar presentes, escuchar y pensar.
Diseñando las propuestas
Si bien tenemos una propuesta que responde a un plan -que es consensuado con los grupos- y tenemos una línea de contenidos a desarrollar a través de distintas experiencias surgidas a partir del análisis del entorno, de nuestros propios objetivos, de los mismos niñ@s y jóvenes y de los “secretos” aparecidos en el buzón, estamos totalmente abiertos a lo que acontezca en el grupo y en el barrio, con una atención flotante, que permite incluir temores, expectativas, otras ideas, otras propuestas, intereses individuales y emergentes grupales.
Escuchar, descifrar, intentar comprender, ir más allá de lo que dicen con las palabras… Estar atentos para percibir lo que no se dice pero sobrevuela como un fantasma en el grupo: alguna pelea previa, alguna tristeza en la familia, un amor, un desengaño, problemas con los padres, preocupaciones con la escuela, dudas sobre el futuro, emociones que no han tenido oportunidad de ser puestas en palabras…
A pesar de esto -y con todo esto- armamos el rompecabezas en donde el eje organizador es el proyecto. El mural fue el primero, el próximo… Shhh!! Por ahora es un secreto.
En el próximo post, hablaremos de otros conceptos desde los que trabajamos, la conformación grupal, el juego y el trabajo de introspección.